Hace tiempo,
en las gélidas mañanas de una torre mellada,
las ánimas, golpean la hiedra
como olas del mar, venía a observar
las oníricas posesiones
un príncipe.
Entre brumas de terciopelo oscuro
y entre breves capiteles de hueso,
contemplaba los jardines santos,
fértiles de mármol, y como
el rocío, ansiaba la tierra,
y la escarcha, se posaba en el alfeizar
de su ventana.
Entonces sucedía,
brotaba de algún cercano
pantano, mefíticos vapores
y acertaba a ver,
desde la ventana gris,
extraños fuegos, resquicios de fósforo,
cuando la noche llegaba.
Y aquel príncipe, no regresaría jamás
de contemplar sus preciadas posesiones
sus jardines santos, su torre ocre
su extraña procesión de igneos prodigios,
su ventana gris.
26 de noviembre de 2009
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