
Tuvo sus grietas, no digo que no,
el horizonte, entre sus largos dedos dorados
antes de llevarse a las negra fauces,
los dulces con los que se me obsequiaron.
Cesó la sequía mas atroz al espíritu,
el rocío que se posa suave, diría el poeta,
al alma.
No cabrían, los versos
que en tus vientos, empujón invidente,
alcanzasen el hueco del mundo,
la grieta por donde se nos va el aliento,
hacia el mas allá de los tiempos.
el horizonte, entre sus largos dedos dorados
antes de llevarse a las negra fauces,
los dulces con los que se me obsequiaron.
Cesó la sequía mas atroz al espíritu,
el rocío que se posa suave, diría el poeta,
al alma.
No cabrían, los versos
que en tus vientos, empujón invidente,
alcanzasen el hueco del mundo,
la grieta por donde se nos va el aliento,
hacia el mas allá de los tiempos.
Así los vestigios de los sueños,
los fósiles acumulados en la memoria
como una bolsa de plástico que flotará en un garaje,
o una hoja seca, precipitándose desde las piernas de un árbol
antes del sexo, suave,
se ondulan en mares invisibles,
en juegos de luces entre las ropas tendidas
del ocaso.
Adiós, dicha sucedida, y también
adiós para siempre a tus horas malas,
que yo me quedo gratificado en el sentimiento,
y tu te vas santificado en mi recuerdo.
los fósiles acumulados en la memoria
como una bolsa de plástico que flotará en un garaje,
o una hoja seca, precipitándose desde las piernas de un árbol
antes del sexo, suave,
se ondulan en mares invisibles,
en juegos de luces entre las ropas tendidas
del ocaso.
Adiós, dicha sucedida, y también
adiós para siempre a tus horas malas,
que yo me quedo gratificado en el sentimiento,
y tu te vas santificado en mi recuerdo.
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