No supe digerir,
cuando la bruma absorbió todo, las constelaciones,
que juraron por muchos, muchos años, toda mi contradicción.
Como se me disipó el corazón, como un pañuelo
hecho de pájaros, tristes jirones de mí mismo.
Eras la maravilla, y vinieron las sombras, a despertarme del sueño,
la hiedra clavó sus garras, penetró en la piel de mi pecho,
Asfixiando mis pensamientos.
No habría ya, salvación, pero estuve tan cerca. Tan cerca del sol
que se derritieron mis alas sobre el abismo.
No supe vivir,
cuando la razón vomitó al ver los sueños perdidos,
en el sumidero de sus sombras.
Y entro el día, del año, de este hombre sencillo,
en el que los balanceos del minutero son trasgos
y las hadas se acuestan entre los retales de la memoria.
Hubo un sol de Invierno, una pulpa tóxica que corrompió
el alma desde los pies, unas flores, luminarias que juraban
que el universo es eterno, que no tiene principio ni final.
Y las cenizas volaban entre pétalos de flor de almendro
comencé a andar, mis pasos sin rumbo, del asfalto a la piedra
de la piedra a la arena, y de allí al mar.
En los paseos estivales, quise renacer, regresar,
pero el alma no estaba de acuerdo, y yacía, arrojada
en la playa de una isla muy lejana, habitada por Circe.
Y morían las olas, estrelladas contra el sudor de mi piel
adormecido trataba de despertar de la pesadilla sin fin,
sólo sujeto por el silencio de otros pasos, de unas vocecillas
deliciosas.
No lo vi venir,
los golpes de la emperatriz del Mundo fueron directos
hundido en el fango, tendido en la lona
me despido de sus sombras.
La luz vendrá ahora.
31/12/2013
31 de diciembre de 2013
4 de marzo de 2013
Hacia el ocaso.
Voraz como la vida en la garganta
atrapado entre el asfalto se hace paso
por brechas de neón, con lenguas de fuego,
ojos púrpuras que dentellean en la oscuridad.
Cabalgan los himnos al postrero occidente
se impregna en la retina una melosa crema de olvido
entre las volutas de sal que disuelven
derramado su gélido maná como rocío al alma.
Bajo las piedras, acorazados escorpiones sombríos,
inyectan su sombra bajo los párpados de hielo
de los yacentes dioses del atardecer.
Yo contemplo la hiedra aferrada a mi pecho,
como se yergue ante la penumbra definitiva,
para arrastrar las luces heridas al caer.
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