Trébol, señor de los opiáceos
deshojado, cuatro brazos armados
en esta Pedrea de granizo,
metal y fuego.
¿como estás, aún sigues conservando
aquel conejo blanco?
Él campesino se esconde en una maraña
de rostros amarillos, voces inquietas
silencio, los pájaros del miedo
ululan sobre su aldea.
Oye, trébol, lo que me quede por vivir
habría sido una escalera, sin fin,
los cartuchos que me quedan
son rosas macilentas,
claveles rojos en las grietas de mi pecho,
Ay, corazón del trébol,
escóndete entre la metralla
regresarás con el vientre abierto
y los ojos llenos de batalla.
18 de noviembre de 2009
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