Cuando se ha divisadola bruma del dragón devorando sus fauces,
y sus babas goteando en pedazos de luz,
el prefacio del tiempo es una luminaria tenebrosa,
el abismo en el que cabalga
la locura.
Desviando la mirada, las flores encendidas,
en los genitales del silencio,
se esboza, el contagio inmundo
del pretérito.
No quedan ya, ni rastro de su saliva
es la boca del dragón, oscura noche
las horas que se extinguen
en el perpetuo desfile de lo intangible;
su alma.
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