La fragua de Vulcano
el yunque del cielo goteando sobre la piedra
el bronce impoluto no presenta fisuras,
el hoplos del crepúsculo a través del mar,
como un gran telón de luz, tan sólo las briznas del atardecer.
Una gran canica, que apunta a un agujero negro
viene rodando, nutriendo de chispas de carne de estrella
en un instante y tu retina
gira en la gran fragua, observa, escucha
la música de los astros.
Lágrimas de púrpura, los huecos de un espacio
que no se doblegan,
cuando la memoria es reverberación de lo que sucederá
de lo que nunca estuvo,
y contemplas ahora, con incesante curiosidad
este momento.
La fábrica de sombras supura la noche,
con sus largas capas de obsidiana
salpicada aún por la sangre del crepúsculo,
la estatua contempla el gran vacío
esculpido de ausencias, cada muerte
es tan sólo el desbaste del infinito.
Y en lo más profundo de cada ser,
los ecos de un universo abandonado
palpitan débilmente, ligeros aleteos,
en el sueño del demiurgo.
5 de noviembre de 2017
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