Esa tinta, violácea con la que están pintados
los tatuajes del dolor.
Esa arruga, trinchera epidérmica
donde se guarece mi juventud.
Ese extraño, de inversión simétrica,
que vomita en mi rostro
torrentes de luz desvanecida.
Esas alas derretidas
por los neones de la gran ciudad
que no me impidan volar más allá
del atardecer.
Esas raíces, agrias arterias
donde fluye el licor corrosivo,
que me deshace en un charco
sobre la tierra.
Ese énfasis de la materia,
sólido volumen que me
arrastra
al fondo pantanoso de la memoria.
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