30 de noviembre de 2012

Lo que tuvo que venir.

Sé que el tiempo hizo añicos el cristal
por el que te miraba, tan pizpireta, como una rosa fresca,
canon de todas las bellezas congeladas,
en un gélido fósil de inmaculada arquitectura.

Sé que confundí la espuma, con el cabello
albo del mar, cuando la aurora, voraz,
devoró el nacarado rostro del olvido,
entre las lindes de plata y de sal.

Conocí los tiempos, en los que la flor,
nocturna amapola, menguaba las horas
al compás irreverente de este espejo,
eficaz desvelador del óxido de mi cuerpo.

Soy lo que me queda, diría el poeta,
pero también fui lo que ya perdí.

Por Dio. Poema número 100 del Hilo de Láquesis.

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