Caen tus párpados
con el grisáceo sopor del cansancio,
mientras quiebran las aves a su paso,
tus lívidas arrugas.
Si me sonreíste, ahora yaces, tranquilo
en el prado de los tiempos,
paciendo los recuerdos, despacio.
Si temblé a tu paso, ahora te olvido,
como la inevitable lección de la rutina,
el sigilo invertebrado en la retina.
Ya escucho tus leves palpitaciones,
cada vez más despacio,
tu luz extingue tus guarismos,
son las voces que sonaron en verano.
Adiós a tu luz, y a tus sombras,
y a tus fríos, y a tus calores.
Allá te fuiste, con el pasado.
31 de diciembre de 2010
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