Tras esa tapia, en las lápidas
bajo la sombra de pétalos marchitos
el agua se pudre, cercenada por el fango,
la melodía del chapoteo de hirsutos insectos.
Infectados, los aromas por la ruina del tiempo,
la herrumbre componiendo su melodía
en la vieja cancela.
Abre los ojos, como grietas en las estatuas
desprendiéndose de todo aquello
que una vez tuvo valor.
Mas allá del embarcadero, donde
perdemos nuestra última moneda,
la morada de la carne inerte,
al finiquito de las horas sucedidas.
Tras esa tapia, donde me acerco
con sigilosos pasos de carroñero,
desgarro tu nombre, a dentelladas precisas
entre fatuas inflamaciones y sonrisas eternas.
25 de enero de 2009
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