
En una escombrera habito
las encías desgarradas, arrancadas del suelo
por aves nocturnas.
Los ladrillos esparcidos entre las miradas
de los extraños.
Las grietas de mi aliento
dejándote escapar, como un ibis que volara
hacia Orión.
El Oeste, receptáculo del final
donde se orientan los pasos
el lugar donde está magnetizada la peonza
y la brújula marca su hora.
Sálvame, tu que puedes.
Ya ves que no creo en mas dios
al que dirigir superfluas oraciones
con las que molestar, altas preocupaciones.
Pero cuídame tu, la mañana,
es una quimera, donde se desangró mi infancia
el tablero sin fichas
la plana calvicie del páramo, ya desolado.
En un vertedero, vomito las ideas
no es bonito creer en mis deseos.
Hoy mis pasos, los ojos cegados
por la tarde, hacia la madre oscura
donde se quedan los párpados cerrados.
Dio.
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