Esta tarde, la decadencia de las hojas marchitas
fiero mareaje de vida residual
cubren las antaño esplendorosas urbes.
Las pisadas de los dioses
ya no admiran los brillos de la máscara de Agamenón.
Las gargantas de la tierra escupen su hedor
al rostro que las emana.
Mausolo de Caria, gloria de Halicarnaso,
perentorias son las huellas del peregrino
al viaje por hacer:
Llorar a mis años, ante la tumba de Alejandro
un brindis lisérgico con Jim D Morrison
descender a la fosa común de Mozart
plantar centeno en el hoyo de Lennon,
arrastrar las rodillas ante Moliere y Balzac.
Las sombras nos acompañan,
cada palabra no escrita es una mástaba
en la lejana Saqqara,
orientar mis oraciones hacía Orión
(Breves pasajeros del túnel al final)
latir en el parque de la Paz, en Hiroshima,
encontrar la morada del gran Kan.
hallar,
el castillo del santo ángel, en la ciudad eterna
o el chhatris donde vertería en cenizas
el fuego, el vapor de la grasa que enloquece en el Hades.
Contemplar, la naturaleza superada en el Taj Mahal
mientras la lluvia se desgarra,
entre las sombras de Tenoctitlán.
Divisar,
un dragón en llamas entre las brumas de Ávalon
los ecos imperiales del Escorial
los fuegos fatuos, la luz del palacio final,
emprender el viaje por la amistad de Enkidu,
y mi alma, navegando en la barca solar,
conducido por Anubis a la sala de las dos verdades,
mientras afuera, aúlla el chacal.
Y ante todo esto, verter al fuego,
las palabras aún no escritas, y ver como se devoran
al final.
El cenotafio de los años dictará mi epitafio,
y no regresar.
18 de noviembre de 2007
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