8 de diciembre de 2006

Entre la noche y el día.


El amanecer levita, nos vamos asociando a las sombras
Como perennes soledades de un hastío boreal
Los Ángeles susurran los placeres que los demonios gimen
Gotean las vidas, ala alquitranada, en las obras
Que rezuman las horas, por este sinuoso corral.

Arriba, se agrieta el cielo, la ruina acecha entre la belleza
Las levas púrpuras acuden al son de las trompetas,
El Apocalipsis, se detiene, cada mañana, como un sueño
Que despertase las glorias de un gigante pavoroso,
Caminando al filo del abismo, abajo el agua
Espumando sangre afilada bajo el promontorio...

Las estrellas se agotan de escrutar, los futuros, en la líneas
De nuestras manos.

La marejada de los cielos se retira, la arena del alba brilla
Es hora de esconder, los deseos y los sueños, es hora
De que los amantes, disfracen su desnudez con la mirada agria,
Es hora de que las horas se vistan de encaje.

Los fuegos fatuos se apagan, se enciende la mirada grandiosa
Del dios de todos los humanos, del grito de todos los sordos.

No hay mas trabajo para los cirios, no hay mas candela que alumbre
A los amantes bajo un sol, que deshace, entre sus colmillos, la mañana,
No hay mas lumbre en tus ojos, no hay mas brillo en la mirada,
No hay mas lágrimas en las grutas resecas de mi vista, no hay mas esteras
Donde reposar los huesos.

Se acerca la alborada, cabalgada, de un viento que no se deshace.
Y yo.
Cierro los ojos.
De nuevo la vida.

Poema: Dio
Imagen: Dio

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